LA VOZ LIBRE

La salud de nuestros hijos

Alberto Serrano
2009-05-19 12:21:28

Si hay algo de Israel que preferiría no conocer en detalle, es el sistema de salud. Pero no me quedó otra alternativa después de que varios doctores recomendaron que opere a nuestra hija de adenoides y amígdalas.

En general se dice que los servicios médicos israelíes son de muy alta calidad, y no tengo en realidad de qué quejarme. Al lado de los hospitales argentinos no hay comparación. Lo bueno es que acá están todas las personas cubiertas por un seguro médico, que se paga con descuentos del sueldo. En Argentina los hospitales públicos son gratuitos, pero están sobrecargados de pacientes y casi sin fondos para proveer servicios. Allá la gente que puede paga un seguro médico privado, pero este resulta ser más caro, en comparación, que el seguro médico semi-privado (kupat jolim o “fondo para enfermos”) que se paga en Israel y que todos tienen.

En cuanto uno va a hacer una consulta médica en su propio fondo para enfermos o al hospital, se da cuenta cómo ha transformado la masiva inmigración rusa de los noventas a este sector. ¡Está lleno de rusos! Especialmente en la ciudad donde yo vivo, es cierto, pero en general uno se da cuenta de cómo han logrado insertarse en la profesión médica los inmigrantes rusos al repasar las listas de doctores.

Si hay una cosa que por otro lado extraño de los médicos argentinos es su mayor amabilidad. En Argentina van a tratar al paciente, en Israel a la enfermedad. Es muy común entonces que los doctores te contesten con gruñidos, que no te hablen hasta que no hayan pasado la tarjetita magnética y anotado algunas palabras en la computadora, que demuestren signos de impaciencia o que a veces ni te revisen, sólo escuchen lo que les cuentas de los síntomas y entonces te receten algún remedio. La única forma de evitar esto es cambiar de médico –siempre que se pueda- hasta encontrar uno que sea más amable y comprensivo.

Por suerte, un primo de mi mamá es médico otorrinolaringólogo (en Israel se les dice simplemente doctores “Af, Ozen, Garón” (nariz, oreja, garganta), así que él nos recomendó un doctor especialista en esto para que opere a nuestra hija. La pobre está con los mocos que no paran de correr de la nariz, y cada cinco minutos tenemos que limpiarle la cara (no me quiero imaginar como debe estar de podrida la maestra jardinera). Primero pensamos que era una enfermedad, pero simplemente, tiene adenoides demasiado crecidas y hay que reducirlas. A eso se suma la terrible tos que tiene cada vez que se acuesta o se levanta, o se despierta por la noche, producto de todos esos mocos. Y lo peor de todo, como le silba la respiración cuando duerme, que ni siquiera se pueden llamar ronquidos, directamente se le corta la respiración por diez segundos, mientras su pechito hace fuerza para tomar aire.

Finalmente cuando el cerebro recibe la alerta de falta de oxígeno, medio que se despierta y toma aire a la fuerza. Así puede estar varias veces seguidas a la noche. Simplemente de escucharla, a uno le falta el aire. No es algo que yo me imagino por ser el papá, me lo dijo también una maestra jardinera: cuando Nadia toma la siesta, ella siente que le falta el aire también, de lo mucho que se esfuerza por respirar. Así que en la misma operación se van también las amígdalas.

Así que estos últimos días estoy muy nervioso, me falta el sueño (me despierto no menos de cinco veces todas las noches por la tos de Nadia) y en lo único que puedo pensar es cuántos días más faltan para que la operen. Si antes la idea de la operación y la recuperación me producía mareos (alguien de nosotros va a tener que estar presente en la sala de operaciones hasta que la anestesia la duerma, y la recuperación lleva 10 días de dolor y llantos), hoy no veo la hora de que se realice. Falta menos de un mes.

Ojalá salga todo bien, dicen que es la operación más común en Israel, que los doctores la realizan dos veces por semana, y el doctor que nos recomendó mi primo para que la opere es el director de la sección “Nariz Oreja Garganta” del hospital Wolfson, en Tel Aviv. Entre todo esto, me ha costado sentarme a escribir para ustedes. Sepan disculparme.

Mientras tanto, salimos los fines de semana de paseo al bosque, aún cuando Nadia no pueda oler el aroma de los pinos, de los naranjos o del asado que hice.

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