LA VOZ LIBRE

Un mosaico de culturas

Fabián Glagovsky
2009-07-14 13:04:11

Cada cierto tiempo suceden -o las hacemos suceder- cosas que nos sacan de la rutina diaria del trabajo, el cuidado de nuestra hija, los estudios. Así, la semana pasada, de pura casualidad, nos enteramos que en la ciudad cercana a la nuestra, Lod, habían puesto en exposición (sólo durante tres días) un mosaico de la época romana descubierto hace 13 años y fuimos a verlo.

El mosaico era verdaderamente una obra de arte. Databa aproximadamente del siglo III o IV a.c. y había sido construido dentro de la villa de un romano adinerado. Como no había sufrido el impacto del sol, los colores estaban vivos como el día en el que lo hicieron. Ocupaba un espacio similar a lo que serían cuatro habitaciones de hoy en día y se componía de diferentes escenas. Los peces y animales salvajes provenientes de África predominaban en todos los cuadros, lo que hacía suponer que el dueño de la villa había sido un comerciante de animales, quizás para el circo romano. Cada objeto estaba detallado minuciosamente, usando en todo momento trozos cuadrados de piedras coloridas de sólo dos centímetros de lado. Una de las escenas mostraba dos barcos, uno llegando a puerto, el otro anclado en un mar de pequeños y enormes peces que daban la impresión de movimiento. La escena principal estaba diseñada en perspectiva con elefantes, jirafas y leones enfrentados, dos montañas y el mar detrás. Un monstruo marino asomaba a lo lejos. El que encargó el mosaico era, sin duda, un romano, ya que el tridente de Neptuno, Dios del mar, se veía en las esquinas de otra de las escenas.

El mosaico está situado en un barrio bastante decaído con las típicas construcciones de edificios tipo caja que comenté en mi primera columna. Generalmente estas obras de arte se trasladan a museos de Jerusalem o Beit Shemesh, pero en esta ocasión, las autoridades de la dirección de antigüedades de Israel decidió dejarlo en el lugar y construir a su alrededor un centro cultural y arqueológico moderno para atraer visitantes y turistas, y contribuir a levantar el nivel económico de Lod, una ciudad con bastantes problemas de este tipo.

Ya que andábamos de paseo, nos fuimos a otra ciudad cercana, Ramle, para comprar fruta en el shuk (mercado tradicional). Ramle es una ciudad donde se pueden encontrar muchas especias y comidas raras. Por un lado, porque allí vive una gran cantidad de árabes, tanto cristianos como musulmanes, y por otro, porque allí también viven desde los años 50 del siglo pasado muchos judíos que fueron expulsados de los países árabes y que trajeron consigo su cultura alimenticia de lugares incluso más lejanos que el Medio Oriente.

El shuk de Ramle no tiene nada que envidiarle a los de Jerusalem (Majané Iehudá) o de Tel Aviv (Carmel). Se extiende por más de tres cuadras, con calles perpendiculares que también están atestadas de puestos en los que se vende de todo. Yo no me puedo resistir a los puestos de venta de aceitunas cuando veo las cajas ordenadas por colores y sabores. Y en esta ocasión compré unas aceitunas verdes enormes, marinadas en vino y, además, amba casero. El amba fue traído por judíos iraquíes a Israel, los cuales lo adoptaron de la India, donde es una comida tradicional. Se compone de rodajas de mango verde hecho picle en una salsa picante y agria de sésamo con mostaza y cúrcuma. Es muy fuerte y sólo puedo comer un poco para no dañar mi estómago argentino, acostumbrado a ponerle sólo sal a las comidas.

En el shuk, puestos judíos y árabes se intercalan y comparten los clientes y el barullo del día. En un negocio árabe de especias y semillas compré el jarabe de frambuesas y el coco rallado que me faltaba para echarle al postre casero oriental llamado 'málabi' y el dueño nos ofreció lo que estaba comiendo en ese momento: higos con queso 'emek' al horno. ¡Extraña combinación!

El almuerzo lo tuvimos dentro del mismo shuk, en un puesto de comidas rápidas de un judío tunecino. La especialidad era el 'sándwich tunecino', compuesto de atún, papa, huevo, salsa de zanahoria, salsa picante arissa, aceitunas y limón en escabeche. Para mí, que la mayor parte de mi vida la viví dentro de una enorme ciudad, Buenos Aires, que tiene una cultura bastante homogénea y desconfiada de todo lo que viene de afuera, es increíble hacer diez kilómetros en el coche y encontrarme, de repente, en otro mundo. El argentino tiene la suerte o la desgracia de tener carne rica y abundante en su país. La suerte se entiende, pero la desgracia es que eso ha impedido la experimentación culinaria. El argentino está contento con su milanesa con papas fritas, su bife de chorizo con ensalada, su puré de papa, sus empanadas y su pizza. Es renuente a utilizar especias en la comida o a probar platos nuevos. Tengo algunos amigos que miran con asco la comida israelí, sólo porque es rara, diferente, colorida y aromática. Y si bien hay restaurantes nuevos en Argentina que ahora se especializan en comidas exóticas, la verdad es que no tienen influencia en la población general, porque los negocios de comida rápida en Argentina siguen siendo siempre los mismos: pizzerías y parrillas.

De Ramle nos fuimos con el baúl lleno de fruta de verano, mangos, sandía, higos, cerezas, manzanas, duraznos y para que la vuelta a la rutina diaria no nos hiciera olvidar que vivimos en un país exótico y colorido, nos vino a despedir al estacionamiento un pájaro jupu.

Comentarios

Dice ser roberto
2009-07-17 01:47:43
Que dicha, Fabián, me alegro de que te lo hayas pasado bien. Es bonito ver el mosaico de culturas que conviven en el Israel de hoy. Sería difícil de explicar sin tener en cuenta la propia heterogeneidad del pueblo judío como resultado de ese continuo peregrinar de país en país. El judío es digno de admirar porque tiene la inmensa capacidad de integrarse en el país de acogida sin perder su esencia hebrea. Eso le ha permitido absorber y aprender todo lo bueno que ha ido conociendo. Además de tener una visión más abierta del mundo. También por eso ha tenido tantos problemas a lo largo de la historia, especialmente con los países con una clara tendencia al pensamiento único, como los árabes, o como la misma España que los expulsó. Pero a pesar de progroms, vejaciones, asesinatos y su posterior expulsión es admirable ver como todavía conservan su ladino sefardí, reliquia viva del castellano de hace 5 siglos. Desgraciadamente cada vez menos. No tengo la suerte de conocer Israel. A ver si algún día puedo. Pero siempre que voy por Nueva York me encanta perderme por alguna de las delicatessen kosher de la quinta avenida y comerme uno de esos deliciosos sándwiches de pastrami. Shalom

 
 
 

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