Wednesday, 20 September 2017 | 
LA VOZ LIBRE
Monday, 14 de September de 2009, 12:33
Respétense, caramba

Al Tribunal Constitucional empieza a parecerle preocupante la presión de los líderes políticos catalanes para que la sentencia sobre el Estatut sea "a favor". ¿Con razón? Es verdad que algunas de las declaraciones fechadas en Cataluña que hemos oído y leído al calor de la última Diada han pisado la raya de lo políticamente admisible al rozar o incurrir plenamente en la amenaza de sacar a la gente a la calle contra el Constitucional si le toca un pelo al Estatut. Y es verdad que si ni siquiera los titulares de instituciones emanadas de la Constitución como la Generalitat o el Parlament de Catalunya respetan al órgano que tiene la última palabra sobre la constitucionalidad de las leyes, nadie puede extrañarse de que algunos ciudadanos se crean con derecho a saltárselas. Por mucho hierro que le quitemos y mucha comprensión que le echemos al caso, la pedagogía democrática de esta injerencia política es letal para el sistema.

Pero, al menos igual de cierto, en mi opinión, es que para que te respeten los demás antes tienes que respetarte tu mismo. Ellos mismos, los propios jueces del Tribunal Constitucional, han cavado desde mi punto de vista la fosa de su desprestigio. Así de claro. Con su indisimulado pasteleo a favor del partido que les designó (de dedo: a dedo), los magistrados progresistas y conservadores se han demostrado "bizcochables", es decir, influenciables, sensibles a las cuitas políticas de sus mentores, o sea, no independientes. En cierto sentido, habida cuenta de que sin división de poderes no hay democracia, han demostrado ser "corrompibles" por los políticos -con mil pares de comillas, lo que quieran, pero para que lo entendamos todos-.

¿De que se extrañan? Un Tribunal que tarda tres años en dictar una sentencia que tiene en ascuas a todo el patio político porque puede refundar en un sentido federalizante e incluso confederalizante la propia definición constitucional del Estado de las Autonomías -o no: según avale o frene la idea madre de que Catalunya es una nación-, no se puede extrañar de que el ambiente político se caldee y llegue al punto de ebullición de este 'Onze de Septembre'. Y cuanto más tarden, peor. Más presiones, y mayor desprestigio. La presidenta del TC María Emilia Casas quiere una sentencia de consenso para ampararse en el todos a una cuando venga el temporal, pero las posiciones están cada día más radicalizadas y el propio retraso ya les tiene en el ojo del huracán. Cuanto más tarden, en mi opinión, peor. Retrasar lo inevitable no soluciona nada y está pudriendo sin remedio el ya muy escaso margen de independencia que aun les queda al TC. Y sus últimas gotas de prestigio.

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