LA VOZ LIBRE

No quiero más bandera que la blanca

Jesús Royo Arpón
2010-03-01 11:41:41

Fíjense qué título más hermoso, qué endecasílabo, qué ritmo tiene la frase. No me lo tomen por donde quema: no soy galáctico, el Real Madrid me aburre, como en general todo el fútbol, y más el que mueve pasiones. No. Se trata de un poema que compuse -en catalán- hace años, como un rechazo a todas las banderas particulares. El verso siguiente dice: "Porque en el blanco están todas las tintas". Es verdad que el blanco es el resumen de todos los colores, desde el punto de vista físico. La bandera blanca, en cierto modo, vendría a ser como una no-bandera. Las banderas se diseñan para reconocer a los nuestros y oponerse a los ajenos, son el fundamento de los 'bandos' opuestos y, por tanto, de las guerras. En cambio, la bandera blanca es la de rendición, la única que acepta el enemigo y a la que nadie recibe disparando. Es la sábana que nos define como simples humanos, previa a las patrias diversas, es la mortaja que nos albergará a todos en idéntico destino. La bandera blanca es la de la paz, la bandera sin bandos, común a toda la humanidad. Por eso me gusta. Y por eso no gusta a los 'bandidos'.

¿Qué extraña virtud tienen las banderas, que suscitan en nosotros una emoción irreprimible hasta hacernos llorar de alegría, o bien un repelús insoportable hasta el asco y el odio? Algún psicólogo nos lo podría aclarar: seguro que hay alguna relación entre los colores y esas respuestas arcaicas, reptilianas. Los colores y la forma de las banderas son el vehículo del asco -por la bandera enemiga- o del gozo -por la propia-. Sentir los colores es el requisito fundamental de todo buen hincha, forofo, tifoso o hooligan. Algo ayuda también el himno. Hay quien siente un riego intenso de feromonas cuando, flameando la bandera, se desgranan las notas del himno, lentamente si es posible. Nadie te reprochará si en medio de ese clímax ruedan por tu mejilla un par de lagrimones de regular tamaño. Pero el efecto del himno es como más abstracto. Los colores de la bandera representan una llamada inmediata, más fuerte y más determinante que las notas musicales. Definitivamente, las banderas son los instrumentos más potentes para fomentar -o crear, sin más- identidades colectivas, esas identidades que tanto seducen a los que andan flojos de identidad propia. Sea como fuere, en la educación (?) nacionalista es básico ese 'sentir los colores' como símbolo de la nación, de los nuestros, y ese repelús hacia los colores del enemigo. No es casual que el rito de la bandera se celebre con toda su plenitud en el ejército, allá donde no importa la razón, sino la fuerza, allá donde el individuo desaparece y se disuelve en el grupo, en la horda amenazante, en la hueste violenta. Donde razonar es digno de toda sospecha, cuando no directamente connivencia con el enemigo.

Yo os invito, muchachos que vais a heredar el triste país que os hemos dejado, a que hagáis una solemne, lenta y ritual pedorreta a las banderas. A todas. No hay ninguna grandeza en ellas, y sí mucho de miserable. Las banderas han abierto el camino a los cañones. Desengañaos, no hay banderas liberadoras: todas son un recurso psicobiológico para que os desprendáis de vuestra libertad y la entreguéis a otros, o sea, para que vayáis dócilmente, en orgulloso desfile, a la trinchera que les interesa a ellos. El patriotismo es un sentimiento innoble, tan innoble como las inmensas montañas de cadáveres que ha provocado. Las banderas han llevado a la muerte a una infinidad de seres humanos, la mayoría jóvenes. Ah, y desconfiad de ese sucedáneo de las patrias, que son los clubs de fútbol. Reíros de los que se lo toman demasiado en serio. Como las patrias, son puro negocio, pero no nuestro negocio. Horrorizaros de la frase "yo soy del Barça" o "soy del Madrid". No seáis de nadie, sed solo de vosotros mismos, amigos de todos. No queráis ser de nadie, que así os enseñan a ser obedientes y sumisos, y así os condicionan para enfrentaros a los que denominan "el enemigo". Acostumbraros a disfrutar del deporte más que de la clasificación. A los que nos gusta el deporte, no los colores, si el partido es bueno siempre ganamos, nunca perdemos. Al revés que en las guerras: nunca las ganamos, siempre las perdemos.

Comentarios

Dice ser Egaren se
2010-03-04 12:03:30
Jo tampoc no en vull, però els nazionalistes sí que en volen. Ja que no creieu en Déu, diuen, creieu almenys en la Nació i reconegueu-nos com a intermediaris entre el poble i la Pàtria. En definitiva, doneu-nos la vostra llibertat per alliberar-vos de vosaltres. Cal dir-ho: el nacionalisme és la religió dels qui ja no creuen en Déu.

 
 
 

Economía

Javier Fernández

Javier Fernández

Periodista
Hagan sus apuestas. ¿Cuánto tardaremos en quebrar definitivamente las cuentas públicas? ¿Dos, tres, cuatro, cinco  [...]

Política

Enrique Arias Vega

Enrique Arias Vega

Periodista y economista
 En Berlín aún quedan ancianos -pocos, por fortuna- que un 13 de agosto de 1961 vieron desde la parte oriental de la ciudad  [...]

Política

Julia Navarro

Julia Navarro

Periodista y escritora
Es curiosa la casi indiferencia que ha producido el anuncio de ETA de que va a entregar las armas



La Voz Libre on Facebook