LA VOZ LIBRE

R.UNIDO-ÓPERA

"Los pescadores de perlas", pegadizas melodías para una historia intragable

Efe
2010-06-03 12:50:00

Londres.- "Los pescadores de perlas", la ópera de ambiente orientalista del francés Georges Bizet, no ha alcanzado nunca, y por buenas razones, la popularidad de su famosísima "Carmen".

Bizet murió con sólo 36 años y no pudo corregir los evidentes defectos de una ópera que, tras la desaparición prematura del compositor, manipularon otros con fines claramente comerciales.

Ahora, la English National Opera, de Londres, ha decidido montarla de nuevo utilizando el libreto autógrafo, redescubierto en la Biblioteca Nacional de París.

Algunas indicaciones detalladas de la orquestación permitieron al musicólogo Brad Cohen recrear en la medida de la posible la obra original, tal y como se presentó en su estreno en 1863.

Pese a sus evidentes fallos y a la endeblez de su argumento, "Los pescadores de perlas" contiene, como no puede sorprendernos en Bizet, melodías pegadizas y fáciles de tararear.

Entre ellas destaca el bellísimo dueto "Au fond du temple saint", del primer acto, que han cantado desde Jussi Björling y Robert Merrill, hace ya medio siglo, hasta Roberto Alagna Bocelli y Bryn Terfel.

Para los decorados de esta nueva producción, Penny Woolcok se ha inspirado en las favelas de cualquier ciudad del antes llamado Tercer Mundo.

En el programa, Woolcock recuerda que "Los pescadores de perlas" se creó un año después de que Ingres pintara su famoso cuadro "El baño turco", y se inscribe en una tradición orientalista muy criticada por el intelectual norteamericano de origen palestino Edward Said.

Woolcock ha querido darle una interpretación moderna a una historia difícilmente digerible con claras referencias a la subida del nivel de los mares como consecuencia del cambio climático o al voyeurismo de los turistas que viajan al Tercer Mundo en busca de "color exótico".

Especialmente hermosas son las proyecciones de vídeo que muestran los movimientos bajo el agua de los hombres que arriesgan su vida para sacar de los fondos marinos las perlas que adornarán los cuellos de las mujeres bellas del mundo rico.

La favela, de casitas de cartón, que puebla todo el escenario es también de una gran belleza visual, que parece contradecir en cierto modo el mensaje antiestetizante de Woolcock.

El mar está siempre presente como fuerza amenazante y, gracias a la técnica de vídeo, está entre lo más logrado de una producción que, por otro lado, tiende a lo convencional, sin dinamizar una historia de celos imposible de tragar.

Dos amigos -el jefe de la aldea, Zurga, y Nadir, el pescador de perlas- están enamorados de una misma mujer, una sacerdotisa hindú, Leila, a la que el alto sacerdote del lugar encomienda proteger con su pureza la aldea de los malos espíritus que siempre acechan.

Tras descubrir, sin embargo, que Nadir ha roto una promesa que hizo a Zurga de alejarse de Leila en aras de la mutua amistad, este último, ciego de celos, decide vengarse condenando a la muerte a la pareja en presencia de toda la comunidad.

Que en el último momento se arrepienta, sin embargo, y decida prender fuego a la aldea, sin importarle matar a mujeres y niños, para que, en la confusión resultante, Nadir y Leila puedan huir, es algo que supera al más crédulo de los mortales.

Queda, pues, sólo la música: el joven Rory McDonald dirige a la orquesta con entusiasmo y energía, destacando el lirismo de los mejores momentos de la partitura, y la voces del barítono hawaiano Quinn Kelsey y el tenor británico Alfie Boe y Quinn Kelsey suenan con belleza en el citado dueto inicial, la auténtica perla de esta ópera.

Decepciona en cambio la soprano estadounidense Hanan Alattar en el papel de la sacerdotisa causa de tanta desgracia.

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Javier Fernández

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