LA VOZ LIBRE

Manuel Cruz: 'Hay un déficit democrático en Cataluña'

Roberto Augusto
2014-07-31 12:11:59

Esta semana, entrevisto al autor del libro 'Una comunidad ensimismada: Diez años de escritos sobre Cataluña' (Catarata, 2014), que confiesa que en Cataluña "hay un déficit democrático".

Pregunta-. Jordi Pujol ha confesado que tenía dinero sin declarar en un paraíso fiscal. ¿Cómo afecta esto al proceso independentista que estamos viviendo?

Respuesta-. Lo debilita extraordinariamente sin ningún género de dudas. En Cataluña muchas veces no se hace el esfuerzo de entender el punto de vista del resto de ciudadanos españoles. La confesión de Jordi Pujol constituye una pérdida de capital político simbólico enorme. Tengamos presente que su figura era muy respetada y valorada, incluso por aquellos que no compartían sus puntos de vista. Debilita no solo el proceso, sino la imagen misma de Cataluña. Desde los sectores nacionalistas se habla irónicamente de la 'marca España'. Pues bien, hay mucha gente que debería estar preocupada hoy por la imagen de la 'marca Cataluña'. El problema de identificarse con Cataluña es que en el momento en el que uno queda cuestionado eso salpica a la imagen del propio país.

P-. ¿Pascual Maragall ha sido la gran decepción del socialismo catalán y uno de los principales responsables de la furia independentista que hoy vive Cataluña con su iniciativa de redacción de un nuevo Estatuto?

La imagen que le correspondería a Maragall, más que la imagen del que pone en marcha un proceso, sería la del aprendiz de brujo. La de alguien que desencadena fuerzas que luego no se encuentra en condiciones de controlar. Me sentí muy cerca del proyecto de Maragall en sus principios, antes de que él se presentara como candidato a la presidencia de la Generalitat. Llegué a ser socio de una plataforma que se llamaba Catalunya Segle XXI. En ese momento, aquello de lo que hacía apología Maragall era de que Cataluña tenía que estar en el puente de mando de España, de que se tenía que hacer pedagogía del proyecto catalán. Si algo le reprocho es que no hiciera nada de eso. El proyecto de Estatuto no tenía nada que ver con ponerse en el puente de mando de España, sino que se basaba en establecer unas relaciones de bilateralidad. Y no se hizo en absoluto pedagogía, exceptuando algún artículo de Maragall donde hablaba de los vínculos sentimentales entre Cataluña y España. El proceso del Estatuto fue lo más antipedagógico posible, con la colaboración eficacísima del PP y su desafortunada iniciativa de recogida de firmas contra el Estatut.

P-. En su libro menciona que hay miedo a expresarse en contra del nacionalismo por culpa de la presión social. ¿No le parece esto un síntoma de pésima calidad democrática?

R-. Sí creo que hay un déficit democrático en Cataluña, expresión que uso en algún momento de mi libro. Una de las formulaciones que se repiten últimamente en los sectores soberanistas, hablando del diálogo entre Mas y Rajoy, es que se tiene que hacerse sin líneas rojas, sin temas tabú. Pues hay que decir que en Cataluña hay temas tabú desde hace muchos años. Determinados ámbitos constituyen un auténtico territorio minado y uno sabe que si pone el pie sobre una de esas minas le puede estallar. Uno de esos temas son los medios de comunicación públicos catalanes, otro sería el modelo de inmersión lingüística, y habría más. Solo recordaré un ejemplo que uso en el libro: cuando alguien tan poco sospechoso de españolismo como Ernest Maragall planteó que se impartiera en las escuelas una hora más de castellano amplios sectores del nacionalismo pusieron el grito en el cielo con el argumento de que eso afectaba a la convivencia misma en Cataluña. Hay temas que no se pueden plantear porque la presión social lo impide. Eso en democracia no puede ser. Si hay cuestiones importantes que no se pueden plantear eso solo cabe calificarlo, efectivamente, de déficit democrático.

P-. Habla usted de una “homogeneidad que impide la crítica”. Sin embargo, esa supuesta homogeneidad es falsa, ya que la sociedad catalana es compleja y plural. ¿No le parece que el nacionalismo, cuyos seguidores hablan siempre del respeto a la diferencia, en realidad rechazan esa pluralidad dentro de Cataluña?

R-. El planteamiento que se suele hacer desde el soberanismo es que hay algo homogéneo, que es el pueblo catalán. Ese es su supuesto implícito. A partir de aquí, el razonamiento es: el pueblo catalán tiene sus características específicas, pero es una realidad homogénea, y son esas características las que tienen que ser respetadas en el ámbito mayor del Estado. Lo que yo digo es que lo primero que hay que empezar a cuestionarse es esa idea de “pueblo catalán”, que es un concepto poco republicano. Existe la sociedad catalana, la ciudadanía catalana, los ciudadanos catalanes y hay que acoger en su seno (y no solo en sus relaciones “con otros pueblos de España”) la pluralidad. Lo que no puede ser es que solo haya pluralidad si se acepta un determinado planteamiento, de matriz fundamentalmente nacionalista, y que fuera de ese planteamiento solo existan las tinieblas exteriores o, lo que viene a ser lo mismo, no se pertenezca al pueblo catalán. Esas son las condiciones previas que dan lugar al déficit democrático.

P-.- El tema de la lengua se menciona en varios de sus artículos. En uno de ellos señala el escaso dominio del castellano de algunos de sus alumnos de la Universidad de Barcelona. ¿Está usted a favor o en contra del sistema de inmersión en catalán que se practica en la enseñanza no universitaria?

R-. Lo que se llamaba la discriminación positiva tiene siempre un objetivo, que es corregir una situación de origen desequilibrada. Por tanto, las discriminaciones positivas, sean las que sean, están fechadas. En el momento en que esa falta de equilibrio inicial se ha corregido deja de tener sentido la discriminación. En el caso de la pregunta que me planteas, si hacía falta un apoyo a la lengua catalana porque partía de una inferioridad, de una injusticia histórica, ese refuerzo me parece de todo punto aceptable. La cuestión es si hoy en día sigue siendo necesario esto. Hay que cuestionarse el límite temporal de la inmersión y extraer las lecciones de la aplicación de este sistema. No podemos dar por sentado que debe haber inmersión lingüística en cualquier caso. Que sea o no un modelo de éxito, como desde el oficialismo se suele repetir, es algo que hay que acreditar.

Hay gente de trayectoria impecablemente catalanista que ha dicho, por ejemplo, que el mapa lingüístico de la sociedad catalana no es homogéneo, y que debemos adecuar el ejercicio de la inmersión a esta diversidad. En zonas de la Cataluña profunda donde el catalán es predominante allí no hay ningún desequilibrio que corregir. El argumento de que el castellano es socialmente muy fuerte y de que los niños ya lo aprenden en la calle es insostenible. Aplicando esa lógica, en Madrid no necesitarían estudiar castellano o en Inglaterra inglés porque ya lo aprenden en la calle. En la calle no se proporciona el conocimiento en profundidad de la lengua. Si a los niños se les enseña poco castellano, el castellano que manejarán será deficiente. Es obvio. No se puede mantener el mismo discurso que hace cuarenta años con todo lo que han cambiado las circunstancias. Eso no puede ser.

P-. ¿El nacionalismo es el peronismo a la catalana? Es decir, ¿fuera del nacionalismo no hay nada, solo el españolismo rancio y casposo, como dicen algunos?

R-. Ese es un mensaje que como una fina lluvia insistente ha estado proyectándose sobre la sociedad catalana. Cada día uno puede abrir el periódico y encontrarse frases del tipo: quienes no están a favor del proceso están a favor de la España una, grande y libre (es decir, la España franquista). Ese es un mensaje que se sigue repitiendo de tal manera que personas que nos definimos de izquierdas, como federalistas, críticos con el soberanismo, a menudo el reproche que recibimos viene a ser: usted en el fondo es de derechas, un españolista. No tiene nada de casual el reproche: uno de los supuestos fundamentales del discurso nacionalista es que todo el mundo es nacionalista, de uno u otro tipo. De tal manera que el que dice que no es nacionalista lo es, solo que no lo sabe. Esto pretende mostrar que todos somos lo mismo y que no hay ningún lugar superior: tú eres tan pecador como yo, viene a ser el convencimiento de fondo que se pretende difundir. Pero hay opciones distintas al nacionalismo español y al nacionalismo catalán.

P-. Es usted el presidente de Federalistes d’Esquerres. ¿Cree que la opción federal conseguiría acabar con el problema del nacionalismo periférico?

R-. A estas alturas del partido esperar que pueda terminar con el nacionalismo me parece excesivamente optimista. Puede encauzar, sosegar un poco los ánimos, dar satisfacción durante un tiempo a amplios sectores de la sociedad catalana, eso sí. En Quebec la Ley de Claridad (que permitía al Gobierno federal negociar la secesión de una provincia), seguida de toda una serie de iniciativas para intentar reconstruir las relaciones entre los ciudadanos del Quebec y el resto de ciudadanos canadienses, sirvió para rebajar la tensión durante décadas. Aunque en Quebec sigue habiendo entre un 20-30% de independentistas, cifra que repunta en épocas de tensión con el Gobierno federal. Es decir, hay que resignarse a convivir con ello. El caso es que el conflicto, de haberlo, no contamine la convivencia, como está ocurriendo ahora entre nosotros.

P-. Afirma en uno de sus artículos que para ser nacionalista “no hace falta haberse leído un solo libro”, ya que esta ideología apela a un sentimiento. ¿No cree que todo nacionalismo, con las etiquetas que le pongamos, es un error?

R-. La frase no es mía, sino de un prestigioso científico social catalán de izquierdas. La cuestión es: ¿es un error el nacionalismo por el hecho de que apele al sentimiento? No necesariamente. El problema no es el sentimiento, sino lo que oculta el sentimiento. Hay sentimientos absolutamente razonables. El problema es que el sentimiento en el discurso nacionalista cumple una función de oscurecer la racionalidad del debate. El nacionalismo, a partir de determinadas consignas, agita los sentimientos. Si los elementos de su discurso fueran razonables alguien podría decir que esos sentimientos son justos. El problema es que muchas veces no se corresponden con la realidad. Por ejemplo: acabamos de saber que hay una forma de calcular el déficit fiscal de Cataluña con el resto del Estado que no da el resultado que durante muchísimo tiempo se nos había dicho. Con los viejos números el sentimiento de agravio a lo mejor está relativamente justificado. Pero si los números no son correctos, ¿qué pasa con ese sentimiento? Si los datos no son veraces se agita un sentimiento a partir de algo que no es correcto. Se nos está engañando. Muchas veces el sentimiento sirve para no explicar o no argumentar las cosas.

P-. Hace unos meses tuvo que sufrir en sus carnes las burlas de Empar Moliner después de denunciar en TV3 su falta de pluralidad. ¿Es este un ejemplo de una sociedad democráticamente enferma donde se criminaliza la discrepancia?

R-. A ese episodio le doy una importancia relativa. No quisiera que los árboles nos impidieran ver el bosque y que las gracietas de la señora Moliner nos distrajeran de lo fundamental. No me quejé de no ir a TV3, como ella decía, sino de su falta de pluralidad. Fijémonos en otra cosa: en el momento en que se me estaba entrevistando (no al día siguiente en la intervención de Empar Moliner, que también pudo utilizar en su provecho un montaje del día anterior) las imágenes que se estaban poniendo de fondo entraban abiertamente en contradicción con lo que yo decía. Eso, desde el punto de vista de la deontología profesional, es absolutamente inadmisible. Tú no puedes invitar a alguien a que defiende la tesis A y, mientras él está hablando, ponerle una manifestación de centenares de miles de personas que defienden la tesis B.

Esa es una forma de decir que lo que dice este señor es una auténtica locura, que está solo, que no se entera de la realidad. Eso es mucho más sutil y premeditado. Además, no fui yo el que planteé en ese programa la cuestión de los medios de comunicación, quien centró mi entrevista en ese tema fue la presentadora. Incluso en un momento dado yo dije que eso no era lo más importante que debíamos hablar. Esto está a la orden del día en la televisión catalana y forma parte, sin duda, del déficit democrático que antes he señalado.

P-. ¿Por qué los partidos políticos de izquierdas catalanes se han sumado a ese unanimismo nacionalista?

R-. Hay un hecho que hoy cobra gran actualidad, que es el episodio de Banca Catalana. Eso es presentado en Cataluña como una operación del españolismo de izquierdas para derribar a Pujol y para atacar a Cataluña. Se produjo una reacción masiva enorme que atemorizó extraordinariamente a los sectores de izquierda. Desde aquella fecha en las campañas electorales el reproche que se le dirige sistemáticamente a cualquier partido no nacionalista es: tú eres un sucursalista, tú eres un españolista, etc. Todos los partidos se sienten obligados a demostrar que son tan catalanes como los demás. Eso hace que acaben perdiendo la iniciativa política. Ahora pasa exactamente lo mismo. Sectores de izquierdas no están de acuerdo con la deriva soberanista, pero tienen miedo de quedarse en minoría. Es obvio que de ese proceso los partidos progresistas no están obteniendo ningún rédito pero parecen bloqueados por el miedo al reproche nacionalista.

P-. ¿Cómo valora la postura que ha tenido el PSC en el tema de la consulta?

R-. Creo que ha tenido una actitud muy dubitativa. Pere Navarro cuando accedió a la secretaría general lanzó un mensaje claro: dijo que estaban a favor de una consulta legal y acordada y que en esa consulta votarían que no. Pero poco después, sin duda como resultado de los conflictos internos, el PSC pareció vacilar. Llegó a decir algo tan sorprendente como que se abstendrían en cualquier iniciativa que tuviera que ver con el proceso soberanista, porque no querían poner palos en las ruedas. Eso era, sin duda, francamente confuso. Más adelante por fin Pere Navarro dijo no iban a aceptar propuestas que no hubieran sido efectivamente acordadas. Tal vez la rectificación -o el regreso al mensaje originario, como se prefiera decirlo- llegó un poco tarde y contribuyó a esa imagen dubitativa. El matiz que ha añadido Iceta me parece interesante, en el sentido de que es clarificador, ya que al plantear la discusión sobre otra pregunta, deja en evidencia el equívoco al que ha estado jugando el bloque soberanista, hablando a conveniencia de mera consulta o de derecho a decidir.

P-. Usted afirma que todo el proceso independentista que estamos viviendo le permite a Artur Mas rehuir cualquier tipo de crítica a su gestión. No obstante, las encuestas vaticinan un desplome electoral de los convergentes. ¿Cuál será el futuro de CiU: volver a la senda de la moderación o seguirán en ese camino separatista que tanto daño les ha hecho?

R-. Lo lógico sería que Mas hiciera aquel tipo de cosas que le permitieran recuperar todo ese electorado que se les está yendo. Por ejemplo, Rubalcaba se va por la pérdida de votos en las elecciones europeas, y no se le ocurre decir que se queda porque “Podemos” ha sacado un buen resultado. En CiU en cambio pierden votos, pero dicen: Esquerra ha subido, por tanto, estamos contentos. Un sector de Convergencia parece que ha pasado de pensar en términos de partido a pensar en el proceso en su conjunto. Aunque ellos hayan perdidos votos éstos se los ha llevado Esquerra y, debido a esto, no les importa perder. Es sorprendente. Pero eso está condenando a muchos alcaldes y concejales a una derrota segura y no creo que se contenten porque Esquerra suba. En todo caso, no veo que se esté tomando ninguna medida para corregir esa sangría de votos y Mas no parece dispuesto a pegar un volantazo y cambiar su deriva.

P-. Recientemente se ha creado en Cataluña Societat Civil Catalana para hacer frente a ese homogeneismo nacionalista que usted denuncia. ¿Cómo valora este intento de dar voz a los catalanes no nacionalistas?

R-. Veo bien la existencia de SCC, así como la de otros colectivos que existen hace tiempo. Todo lo que contribuya a que sectores que hasta ahora se sentían silenciados por no estar de acuerdo con la deriva independentista hagan pública su sensibilidad es bueno para la higiene democrática. Lo que es malísimo es identificar a la derecha con el españolismo, y al españolismo con el fascismo. Es justa la irritación de los soberanistas cuando desde la caverna se habla de ellos como si fueran nazis. Pero en Cataluña se ha utilizado con una enorme ligereza el término “facha”. No se puede decir que alguien, por ser de derechas, es un facha como entre nosotros se hace a diario. Aquí se habla del franquismo como si fuera una realidad viva. Me parecen mal muchas leyes del PP, pero son leyes de gente conservadora que las está llevando a un parlamento en el que tienen una mayoría absoluta. Todo lo que sea dar voz a la ciudanía me parece positivo. SCC no entra en contradicción con ninguna opción política concreta siempre que cumpla unos mínimos requisitos democráticos. Ellos están en contra del independentismo: a partir de ahí en las propuestas que se hagan quienes no están por la secesión ellos ya no entran.

P-. ¿Cataluña es una comunidad ensimismada? Explíquenos el título de su libro.

R-. Quien mejor representa el ensimismamiento al que me refiero es el propio presidente Mas cuando dice: el mundo nos mira. Los medios de comunicación catalanes parecen empeñados en trasmitir la imagen de que nada hay más importante que el proceso y, por supuesto, que el mundo por entero está pendiente de él. La racionalidad y la autocrítica desaparecen en un planteamiento así.

> En las imágenes, arriba, Manuel Cruz; abajo, Manuel Cruz con Roberto Augusto (Fotos: LVL).

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