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LA VOZ LIBRE

Cultura

Javier Serrano

Javier Serrano

Licenciado en Derecho y escritor
Thursday, 06 de February de 2014, 13:21
Francisco Javier Irazoki: 'El dolor de Billie Holiday coincide con la belleza musical'

Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 21 de octubre de 1954) es un poeta y prolífico escritor, con una larga experiencia en la crítica literaria y musical. Ha colaborado, entre otras publiciaciones, con las revistas 'Disco Expres' (dirigida por Erwin Mauch) y 'El Musiquero' (bajo la dirección de José María Iñigo). De su obra literaria publicada destacan los poemarios: 'Árgoma' (1980), 'Cielos segados' (1992), 'Notas del camino' (2002), 'Los hombres intermitentes' (2006), 'La nota rota' (2009), cincuenta semblanzas de músicos de épocas muy variadas, y el libro 'Retrato de un hilo' (2013). Igualmente, sus poemas aparecen en múltiples recopilatorios y antologías. Ha traducido a Armand Gatti, dramaturgo, cineasta y poeta francés. De 2009 a 2013 publicó su columna 'Radio París' en 'El Cultural', suplemento de 'El Mundo', siendo, actualmente, crítico de poesía en dicho medio.

Desde hace tiempo reside en París, sin dejar de vista la actualidad cultural española, siempre desde una perspectiva universal, sin fronteras ni patriotismos. Gran conocedor de la música jazz, aprovecho para hacerle unas preguntas sobre este género musical que a ambos tanto nos gusta.

Pregunta.- Más allá de su indudable virtuosismo (mi melodía favorita es 'In a Sentimental Mood' interpretado por Duke Ellington y él), John Coltrane comparte dos características con algunos mitos de la música moderna: afición a las drogas y muerte temprana. ¿Ha ayudado ello a sobredimensionar su mito, o el de Charlie Parker (frente a Dizzy Gillespie, por ejemplo)?

Respuesta.- Opino que las anécdotas no pueden empañar el talento de John Coltrane o Charlie Parker. Se sabe que, en la adolescencia, Coltrane es un estudiante obsesivo. Después, una estrella musical que sigue trabajando hasta desvelar a quienes se alojan en los mismos hoteles que él. Y, siempre, un artista torturado por el deseo de perfección. Esa tenacidad la usa también para abrir nuevas vías musicales. ¿Qué quiere ofrecer? “Algo que jamás ha sido tocado”, dice. Hay fragmentos de A love supreme, su disco de 1964, que me parecen revolucionarios. Y, quizá artísticamente fallida, Ascension es una fiesta de la libertad. Las drogas no lo transforman en un juguete ebrio. Hombre fuerte, ayudado por los libros de Aristóteles y Krishnamurti, se encierra en una habitación de su casa y se desintoxica solo. En cuanto a Dizzy Gillespie, siento simpatía por él. Emplea en su estupenda big band a Thelonious Monk y John Coltrane. Y, sobre todo, acompaña a Charlie Parker. Los veo como dos hermanos espirituales de personalidad opuesta. Gillespie es un maestro en la combinación de asimetría, silencio e improvisaciones melódicas. Pero pienso que no alcanza la altura de Trane y Parker. Intuyo que en la lotería de la fama le han perjudicado sus extravagancias bufas.

P.- Sonny Rollins, aún vivo, ¿ha tenido una aportación, musicalmente hablando, “muy inferior” a Coltrane?

R.- Sonny Rollins colaboró con Charlie Parker y John Coltrane. Le gustaba la lucha artística con Coltrane, que lo obligaba a dar lo mejor de su talento. Aún me convence 'Blue seven'. Todos sus datos biográficos están unidos por el hilo rojo de la fragilidad. Durante cuatro años nadie lo vio subido a un escenario. Permanecía escondido en su casa, con salidas nocturnas para tocar el saxo sobre un puente que comunica Manhattan y Brooklyn. El yoga y los ejercicios de meditación han sido sus salidas del túnel. A pesar de tantas debilidades personales, su música sí es poderosa. Ahora bien, sin la creatividad de John Coltrane.

P.- No cabe duda de que Coltrane es uno de los más grandes iconos del jazz, y uno de los músicos más influyentes del pasado siglo XX. Su vida es una suerte de “crónica del jazz”. Se dice que fue él el culpable de que Bill Evans no colaborara más con Miles Davis, después del genial “Kind of Blue”, por el hecho de no ser negro. El jazz tuvo un fuerte componente reivindicativo, ¿no cayó en ocasiones en “el otro extremo”? ¿Existe un “jazz de negros” y otro “de blancos”?

R.- Afortunadamente, esas divisiones han sido superadas. Sin embargo, no olvidemos cuánto sufrieron los músicos negros. El propio Dizzy Gillespie, hombre reidor, tuvo una infancia y una adolescencia repletas de humillaciones. Hijo de albañil, su padre guardaba los instrumentos musicales en un granero. Aunque triunfó y fue en dos ocasiones candidato a la presidencia de EE.UU., siguió hurgando en la herida de una anécdota. Cuando era adolescente, al salir de un café, un individuo blanco lo apuntó con su pistola y le preguntó: “Dime, negro, ¿sabes bailar?”. El racista disparó a los pies de Dizzy, que danzaba involuntariamente para eludir las balas. En ese ambiente crearon los negros la belleza de su música.

P.- Dave Brubeck abogó por “clasisizar” la música jazz. Shostakovich ya intentó “aproximar” ambos géneros. ¿Qué hay de “afín” entre ambos “géneros”? Tal y como dicen muchos… ¿Es el jazz la música clásica americana del siglo XX?

R.- Por su juventud histórica, los norteamericanos no cuentan con un bagaje tan espléndido como la Historia de la Música europea. El jazz es su aportación principal. Personalmente, no soy partidario de someterlo a la estética “clásica”. Ha ocurrido algo mejor: muchas músicas evolucionaron en el siglo XX hasta confluir con formas muy parecidas en una gran plaza. Pierre Boulez hizo un gesto inteligente al estrenar las obras finales de Frank Zappa, que en nada desmerecían de las compuestas por György Ligeti, por ejemplo.

P.- En esta línea, se ha hablado de Duke Ellington como del “Bach del siglo XX”. Su discografía es amplísima, al igual que su colección de melodías legendarias. ¿Crees que en los siglos venideros compartirá “cartel” con los grandes clásicos de la música (Bach, Beethoven)?

R.- También McCoy Tyner ha sido llamado “el Beethoven negro”. Son exageraciones que desfavorecen a los elogiados. Con todo mi respeto por Duke Ellington, Bach y Beethoven tienen una obra más compleja y rica. Considero a Bach la cumbre máxima de la música. Y Beethoven es un compositor todavía mal conocido, con parcelas de modernidad insólita. Enlaza algunos acordes como si viviera en el siglo XXIII.

P.- ¿Qué pasó con Thelonious Monk para que, pese a ser un genio, muriera en un ambiente marginal y no en la gloria como Brubeck o Ellington?

R.- Los últimos diez años de Thelonious Monk, silencioso y acogido por la baronesa Nica de Koenignwater, son coherentes con su obra. Ese mutismo contemplativo me sugiere una nota fallada deliberadamente. Así de especial era él. Por cierto, la baronesa también protegió a un Charlie Parker definitivamente hundido a los 35 años.

P.- ¿Cuáles son tus “voces del jazz” más valoradas? Personalmente me quedo con la colaboración de Mahalia Jackson en “Black, Brown and Beige” de Duke Ellington, pese a ser cantante de gospel, y prácticamente con toda la discografía de la gran Ella Fitzgerald (Sinatra y Jimmy Rushing al margen).

R.- Aunque admiro los méritos de Ella Fitzgerald, siento debilidad por Billie Holiday. Cuando ella canta, escucho su niñez infeliz, las adicciones, los amores fracasados. Es decir, sus abismos suenan. Al colaborar con Lester Young se juntan dos heridas complementarias. Me opongo al tópico que sólo encuentra hondura creativa cerca de los precipicios. La profundidad artística puede nacer de la celebración de la vida. Pero el dolor de Billie Holiday coincide con la belleza musical.

P.- Como experto en el género, dinos 2 o 3 músicos que consideres que no han sido lo suficientemente valorados, y otros 2 o 3 que, a tu juicio, hayan sido “sobrevalorados”.

R.- Sólo me considero un aficionado persistente. Desde la modestia sí veo dos cimas del Renacimiento que aún no han sido bien valoradas: Josquin Desprez y Carlo Gesualdo. El primero puede en ocasiones tutear a Bach. Y la calidad del príncipe Gesualdo surge en una vida extraña. También me impresionan dos compositores aún más antiguos, Pérotin y Guillaume de Machaut. Y a menudo tengo la impresión de que la obra de Claudio Monteverdi, cuya importancia está reconocida, incluye placeres que no han sido difundidos. De los prestigios infundados es mejor no ocuparse; el tiempo va agujereando los sacos de humo.

P.- ¿Algunas recomendaciones de “jazz moderno”? ¿La diversificación del género “ha acabado” con el esplendor del jazz clásico?

R.- El jazz clásico sobrevive si es valioso. Naturalmente, el género ha debido evolucionar. Es lógico que no hayan surgido figuras tan deslumbrantes como Charlie Parker en su época. “Con Bird tenemos siempre la impresión de medir treinta centímetros”, decía Miles Davis, músico alto. Del jazz contemporáneo destaco a Michel Portal. En España, con grupos y proyectos muy variados, admiro al saxofonista Josetxo Silguero.

P.- La mayoría de los grandes músicos de jazz tuvieron largas estancias en Europa. Se afirma que cuando volvían a EEUU se recluían en las drogas, en parte, por la gran diferencia entre ambos continentes: racismo en uno, reconocimiento en el “Viejo”. ¿Sigue habiendo algo de estas diferencias? ¿Se ha invertido?

R.- Al lado del editor David Villanueva, en el Blue Note neoyorquino vi y escuché a McCoy Tyner con Gary Bartz. Los acompañaban Ravi, el hijo de Coltrane, y un baterista latino cuyo nombre no recuerdo. Allí estaba la realidad actual: una mezcla enriquecedora. No imagino que hoy en día el talento artístico pueda padecer discriminaciones raciales en Nueva York, París o Copenhague. Sí existe otro tipo de injusticia: después de haber publicado media docena de discos meritorios, Ravi Coltrane es víctima de las desconfianzas. La fuerza de la obra del padre pone sordina al saxo del hijo. En el concierto de Blue Note empezaba la mayoría de los compases curvando su cuerpo y doblando un poco las rodillas, como si ensayase genuflexiones ante el fantasma de su padre.

P.- Desde hace veinte años vives en París. ¿Algún parecido, respecto de España, con los sentimientos de los clásicos del jazz? ¿Qué hay de bueno en el “ambiente español” y qué lo hace “inferior” al existente, hoy en día, en la urbe parisina?

R.- Con respecto a los clásicos, el panorama es idéntico. No fue así en la Historia. Mientras que París le abría las puertas, el jazz tuvo dificultades para ser aceptado en España. Recientemente ha sido publicado un libro interesante: Fruta extraña; casi un siglo de poesía española del jazz. El antólogo, Juan Ignacio Guijarro, explica que, durante la Guerra Civil, los republicanos y franquistas usaron similar sectarismo para combatir el jazz. Por racismo y frivolidad ideológica. Asimismo los escritores discrepaban. El entusiasmo de Federico García Lorca y los desprecios de Blas de Otero representaron los polos opuestos. Con menos aficionados que en París, España tiene ahora una ventaja: a veces sus músicos se benefician de la riqueza del flamenco cuando se acercan al jazz.

> En la imagen, Francisco Javier Irazoki (Foto: Bárbara Loyer. 2011).

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