LA VOZ LIBRE

Las cosas no son como son, son como somos

José Carlos Fuertes
2014-11-17 09:35:33

Los seres humanos más inteligentes que conocemos, y también los más raros y difíciles de encontrar, son aquellos que reconocen que los problemas y las desdichas forman parte de la condición humana y no miden la felicidad por la ausencia de contrariedades.

Esas mismas personas, a las que podemos llamar “inteligentes emocionales”, saben también que los sentimientos no son simples emociones que nos suceden, sino que son reacciones que cada uno “elige” tener. Y ello no solo es importante para la salud mental sino que también estimulante para la consecución de nuestros objetivos, ya que si somos dueños de nuestras propias emociones, que habitualmente lo somos, y las controlamos, podemos decir que tenemos el control de nuestra vida.

Cuando tenemos claro que podemos sentir lo que uno prefiere, en ese preciso momento se empieza a caminar por la verdadera senda del "bienestar“. Es un camino nuevo y diferente ya que somos conscientes de que cada emoción que tenemos es una opción y no una imposición frente a la que estaríamos desprotegidos y ante la que sólo nos cabría la posibilidad de soportarla. Es la esencia misma de la libertad personal.

Un principio clave del que debemos partir es que la felicidad es una condición natural de la persona. Ello resulta evidente cuando se observa a los niños pequeños, son espontáneamente felices. Con el paso del tiempo y sobre todo según el entorno que hayamos tenido las cosas cambian. Conforme vamos madurando, cada vez nos resulta mas difícil deshacernos de todos los "deberías" y "tendrías que" que nos han ido acompañando desde el nacimiento. Cuando una persona se siente desgraciada, enfadada, herida o frustrada es porque así lo aprendió hace mucho tiempo. Desde que nacemos nos han inculcado determinados sentimientos, y en función de ellos vivimos y somos más o menos felices el resto de nuestra vida.

Uno de los pensamientos incrustados por la educación es la anticipación al futuro. No importa el hoy, sino el futuro. Y eso es un gravísimo error. Vivir el momento presente, esto es, ponernos en contacto con nuestro "ahora" constituye la clave de una vida positiva, además si lo pensamos bien no existe otro momento en el que se pueda vivir. El “ahora y el hoy” es todo lo que hay. El futuro es simplemente otro momento presente para ser vivido, pero cuando llegue. Si algo hay seguro es que no se puede vivir el futuro hasta que este llegue realmente.

Evitar el presente es una enfermedad o, cuando menos un error, en nuestra cultura. Continuamente se nos anima a sacrificar el presente por el futuro. Recordar, desear, esperar, lamentar y arrepentirse son las tácticas más usuales y más peligrosas para evadir el presente. Además la huida del presente conduce inexorablemente a idealizar el futuro, y ello será otra nueva fuente de conflictos y de frustraciones.

Las personas que consiguen el éxito en la vida son aquellas que van en busca cada día de las circunstancias que desean, y cuando no las encuentran, las fabrican. Para conseguirlo es esencial tener una buena autoestima, que nunca podrá ser construida por los demás. Cada uno vale en tanto en cuanto que así lo cree. Si se depende de los demás para valorarse, nos convertimos en “esclavos emocionales” al hacer que nuestro bienestar dependa de lo que no depende de nosotros, esto es, de las creencias y opiniones del otro.

El problema radica en que desde niño aprendimos que amarnos a nosotros mismos, algo absolutamente natural y espontáneo en esos momentos de la vida, era lo mismo que ser egoísta y consentido. Aprendimos también a pensar en los demás antes que en nosotros mismos, a darles a ellos mayor importancia porque de esa manera demostrábamos que éramos una "buenas" personas, sin darnos cuenta que el amor a los demás, está relacionado directamente con el amor que te tienes a ti mismo. Si no me amo, no puedo amar saludablemente.

Cuando estamos seguros de nosotros mismos y tenemos confianza en lo que pensamos, no necesitaremos que los demás nos den su aprobación ni consentimiento. En ningún momento y en ninguna circunstancia es más sano odiarse que amarse. Incluso aunque hayamos tenido conductas inapropiadas o que nos desagraden. Odiarnos sólo nos llevará a la inmovilización, bloqueo y sufrimiento. Por eso es muy importante conseguir que la animadversión hacia nosotros la transformemos en sentimientos positivos; la equivocación y el error en lección y aprendizaje; habrá que hacer el propósito de no repetirlos, pero nunca asociarlos con nuestra autoestima o autovaloración.

Pero cuidado, el amor por uno mismo no tiene nada que ver con la EGOLATRÍA o NARCISISMO, es decir, comportamiento definido por la insistencia en decirle a todo el mundo lo maravilloso que es uno. Ése no es amor a uno mismo sino más bien una forma enfermiza de conseguir la atención y el aprecio de los demás. Es una actitud tan anómala como la del individuo que está lleno de autodesprecio.

El comportamiento arrogante y jactancioso está frecuentemente motivado por el deseo de ganar el aprecio de los demás. Por eso detrás de la petulancia hay sentimientos inferioridad, ya que el individuo se valora a sí mismo en base a lo que los demás ven en él. Sino fuera asi, no sentiría la necesidad de convencer y persuadir a sus semejantes de su supuesta valía. El amor autentico y saludable a uno mismo es aquel que no precisa el amor de los demás. No hay ninguna necesidad de convencer a los otros. Es suficiente contar con la propia aceptación interna. La autoestima no tiene nada que ver con los puntos de vista de los que me rodean.

Es imposible vivir en este mundo sin provocar la desaprobación de la gente, incluso a veces de forma notoria. Así es la humanidad y así es la vida. La necesidad patológica y enfermiza de aprobación se fundamenta en una sola suposición: "No confíes en ti mismo; confirma todo con otra persona primero".

La felicidad constante y absoluta no existe, es imposible permanecer siempre en un estado de buen humor, estabilidad, impasibilidad y autoaceptación. No estamos hechos de esa “pasta”. Fluctuamos normalmente dentro de unos límites entre la felicidad y el sufrimiento. Hay que intentar conseguir que esas oscilaciones sean pequeñas, y para ello hay que controlar el proceso que nos hace felices o desgraciados. Por eso es esencial que la interpretación que hacemos de lo que nos pasa sea imparcial y rigurosa. Ahí esta la clave y la esencia: interpretar los acontecimientos con la mayor objetivad y racionalidad posible.

Comentarios

Dice ser Anónimo
2014-12-30 09:10:40
encajo este articulo en relacion con su colega David Ramon Hawkins, despues de leer cualquiera de sus libros, parece que los psiquiatras se ponen de acuerdo, entender la vida asi, es mas facil. luz,paz,armonia, amor

Dice ser Elena Mara
2014-12-06 11:55:34
Me ha parecido fantástica esa defición entre otras muchas que hay sobre los sentimientos... "Reacciones que cada uno “elige” tener". De entrada, una se queda como..¿Que las cosas no son como son? ¿Qué ha dicho? y se sigue leyendo y ya no hay desperdicio en nada. Con su permiso Dr. Fuertes, lo acabo de enviar a unos sobrinos adolescentes a ver si aprenden algo (sus padres y ellos). Gracias

Dice ser UN LECTOR
2014-11-20 14:51:50
Interesante y relajada reflexión, después de tanto crimen, robo, saqueo, corrupción algo de aire fresco viene bien.

 
 
 

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